Margarita

– ¿Qué hacer?

Me daba rabia el silencio en medio de la tormenta. Rabia el mundo desigual,  mi posición indiferente…

– ¿No hay nada más? ¿Ya todo está dado? ¿Todo tiene explicación?

Tantas veces me dolía la vida. Me dolía profundamente saber que nuestro mundo aparentemente nos había dejado de importar…

Y de repente empecé a poner atención donde hacía falta: en la memoria histórica de mi país, en la resistencia de muchas generaciones que intentaron cambiar el mundo, en mi mamá, luchadora social, presa política, “burguesa ilustrada” que dio su vida por construir un mejor mundo.

Era una sorpresa, grata e ingrata a la vez, escuchar y leer las anécdotas revolucionarias, de resistencia, de oposición en un México que me parecía tan ajeno. Sentía vergüenza de mí al saber que jóvenes, a mi edad, habían dado la vida por buscar que este país mejorara, que fuera más justo, que fuera como lo imaginaban…
Alguien antes que yo había sacrificado su vida para que mis derechos como mujer fueran reconocidos; muchas personas murieron buscando mejores condiciones de trabajo, muchos fueron arrojados de aviones en alta mar, encarcelados ilegalmente, torturados, desaparecidos y asesinados para que se entendiera que la libertad de expresión es invaluable, que la tierra es de todos, que la igualdad es un valor indispensable para la vida y un fundamento para que la sociedad supere la miseria, la injusticia, el abuso de poder.

– Falta mucho para llegar, el camino es largo…

Y entonces imaginaba maneras diferentes de vivir, siempre, cotidianamente, imaginaba y sigo imaginando que las cosas pueden funcionar “mejor”… y que, como dicen por ahí “Otro mundo es posible”…
Ese es precisamente el punto de partida. Creer que tenemos el poder de que el  mundo sea como lo imaginamos, trabajar para ello, crearlo.
Y me preguntaba si de verdad levantaría la vista, si mi conciencia superaría los límites de mi confort, de mi costumbre, de la inercia de lo aprendido.

Un día me senté con mucha gente y hablamos de lo importante que es reconstruir el mundo. Un día me di cuenta de que si dejaba de creerme incapaz  y perdida entonces iba a levantar la vista y ver en el horizonte el mundo real que todo el tiempo había estado en mi imaginación.

– Hay mucho que hacer. Eso es todo.

Después empezó la lucha, el trabajo de estar juntos, organizarnos, saber  que somos diferentes pero iguales, que no tenemos que destruir nada, sino  pacientemente plantear nuevas formas de percibir, de actuar, de ejercer el poder, de organizarnos. El trabajo nunca acaba, aunque traten de callarnos, aunque nos maten, el trabajo es todos lo días, en todas nuestras acciones, y la ética invade los carriles de la vida y marchamos porque nuestro bienestar sea el de todos, porque la educación sea provechosa, porque el alimento se comparta… Dejemos de gritar o susurrar descontentos, apelemos a reconstruir en medio de estas ruinas, la acción es importante, cotidiana, aunque suene romántico: Vayamos arriba y adelante.

Comandante Margarita 2010

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